Entradas populares

sábado, 17 de septiembre de 2011

Hace cuatro años

...Donde hay un gran Amor hay siempre milagros...
Me convertí en mamá. Fué un camino largo de 5 años, doloroso, no libre de obstáculos de todo tipo, esta es la finalidad de escribir aquí, mi camino hacia este día y más.
Mi hijo nació un lunes 17 de septiembre del 2007 a las 07:16 am con un sonoro grito, su nacimiento me trajo mucha alegría, mucho miedo e incertidumbre, su nacimiento fué motivo de una de las  alegrías más grandes de mi vida pero también de la tristeza, incertidumbre, preocupación y angustia que jamás he experimentado pues fué un nacimiento prematuro, totalmente inesperado. Tenía mi fecha probable de parto para el 7 de diciembre, se adelantó 3 meses. No tenía nada, no había comprado nada excepto un mameluco azul de Winnie Pooh un día después de que supe que sería un niño. El motivo por el cual no compramos nada fué por que nos moríamos de miedo. Después de luchar en contra de la infertilidad y de muchos diágnosticos y ninguna solución quedamos al fin embarazados de 2 bebés, vimos los 2 corazones y empezamos a soñar, a buscar las cunas, la carriola doble a pensar por 2, a vivir entre nubes de sueños. Nuestra felicidad, ingenuidad y candor se vió abruptamente interrupida un día de abril cuando nos dijo el Dr, que uno de los corazoncitos se había detenido, entonces supimos que nuestro sueño podía tener fin, podía no cumplirse. Por esta razón estuvimos muy cautos, a veces lo lamento, otras veces no.
El domingo 9 de septiembre se me rompió la fuente, sentí como un líquido tibio resbalaba entre mis piernas, fué poco y se detuvo, le hablé al Dr. Y me dijo que fuera a verlo al día siguiente a primera hora, después de una revisión y una cristalografía determinaron que tal vez se hubiera roto la membrana pero no de la parte de abajo si no de arriba (no entendí nada pero igual me angustié) me recetaron reposo absoluto. Al día siguiente amanecí empapada, asustada, le volví a llamar al doctor,  volví a consulta me hicieron otra cristalografía. -No son buenas noticias, nos dijo el Dr, hay que hospitalizar inmediatamente. Yo pensé que tal vez ahí conocían una especie de pegamento para las membranas, incluso imaginé que si tomaba litros y litros de agua de alguna manera el saco gestacional se llenaría nuevamente, pensaba que sería cuestión de unos días en el hospital por que ni siquiera empaqué mis cosas y me fuí a internar con lo que tenía puesto. Fué horrible pues me hicieron de todo análisis, ecografía toma de sangre, mi esposo se regresó a dormir a casa y me quedé sola sintiéndome el ser más indefenso y vulnerable y llorando a mares.
 Al día siguiente seguí con la pérdida de líquido amniótico, estuve con inhibidor de contracciones, antibióticos y quién sabe que tanto más, aguantando. Me conectaron a un tococardiograma las 24/7 fué incómodo. La segunda noche lloré y le imploré a mi esposo que no me dejara y se quedó conmigo después de esa noche empecé a tener muchísimo calor y empecé a estar inquieta. De toda esa semana tengo muchos y pocos recuerdos, recuerdo un sentimiento de vergüenza muy grande, recuerdo que no quería ver a nadie y a la vez quería ver gente, me dolía ver las caras de lástima, y a la vez, necesitaba que alguien me abrazara fuerte y que me dijera que todo iba a estar muy bien, a veces dormía un poco y soñaba que mi realidad era un mal sueño. Otras veces me recrimininaba y me llenaba de culpa por que pensaba que yo había provocado toda esta situación, con estrés y jornadas laborales de 12 horas (claro que quería demostrar que la maternidad no había cambiado mi rendimiento profesional) y sobre todo lloraba, era un llanto contenido que intentaba detener al igual que el líquido que era tan obvio e incontenible, me agobiaba saber (gracias al tococardiograma) que a mi bebé le estresaba mi sufrimiento. Una noche que empezó salir más liquido y empezaba de nuevo a llorar con impotencia al escuchar un sonido fuerte y extraño, un sonido muy parecido a la estática que hace la tele pero como con esfuerzo, eran movimientos erráticos de mi bebé que significaban sufrimiento fetal, que si lo empezaba a hacer más seguido tendrían que sacarlo. Volví a aguantar el llanto. Supe que estaban esperando a que regresara de España (para mí) el mejor neonatólogo del mundo. Así duré 8 largos días. Diario me llevaban  al ultrasonido donde conocí al doctor más cruel que he conocido, sus comentarios tan fuera de lugar tan poco sensibles sobre todo, provocaban en mi una sensación de desamparo y estrés terrible.
Recuerdo también que pasamos el Grito de Independencia en el hospital, recuerdo mucho a una residente súper joven, muy linda, muy amable que llegó a revisarme en una de las tantas veces que toqué el timbre por que mi apósito se había llenado de líquido amniótico. Fué una escena surrealista ya que llegó con sus banderas pintadas en las mejillas un adorno en su bata de un charrito, y oliendo a tostada de pata muy quitada de la pena revisó minuciosamente mi apósito y me colocó otro, me tranquilizó y me dijo que tal vez mi bebé nacería el lunes (era sábado) me puse muy mal a llorar y fué por otra residente de mayor rango las 2 trataban de calmarme por que yo pensé que me iba a quedar ahí hasta diciembre y no me importaba estar acostada y todo lo incómodo no me importaba pero en ése momento entendí que lo que me había pasado era grave y que de haber estado el neonatólogo  en México, mi hijo hubiera nacido 8 días antes.
Finalmente el domingo llegó a verme mi doctor y yo todavía llorando le pedí que no sacara a mi bebé que podríamos aguantar muy bien un par de meses más. Con calma y paciencia platicó conmigo, me explicó que cuando hay una ruptura de membranas el parto es inminente, que no se explicaban por que me había pasado, simplemente, pasó. Eso fué un domingo 16 de septiembre.
Mi esposo y yo prácticamente no dormimos para amanecer el día en que nació mi hijo, Yo tenía más miedo de lo que le fuera a pasar a mi bebé que a mi, así que amenacé a mi esposo y le dije que no se despegara del bebé, que viera que respirara bien y que no lo fueran a cambiar por otro.

Llegó mi mamá,  (quién diario estuvo conmigo y durmió en el hospital a mi lado un par de noches) hicimos oración nuevamente. Llegó el anestecista para preguntarme algunas cosas y al final llegó la enfermera, me hizo un aseo rápido me puso las medias de compresión, me peiné, me llevaron al quirófano.
Tenía mucho miedo, empecé a temblar como hojita, no era miedo al dolor, era miedo a todo lo que venía; siempre soñé y me hice muchas fantasías con preparar la maleta del hospital, seleccionar los lindos camisones que luciría, preparar los recuerditos de las visitas, avisar a todos que mi bebé nacería en tal fecha, sobre todo preparar las cosas de mi bebé, sus cobijitas, su ropita, haber tenido listo su cuarto. Nunca imaginé que no lo verían sus tíos, su abuela y los amigos, jamás pensé que se lo llevarían a una Unidad de Cuidados Intensivos para darle los cuidados necesarios dada su prematurez, nadi sabía si sobrevivirías.

Me dí cuenta en las superficialidades en las que podemos caer. Me regañé a mi misma por que no era la mejor actitud. Estaba a punto de lograr mi sueño más preciado y estaba dudándo de la capacidad de supervivencia de mi hijo. Me pusieron el bloqueo y no aparecían ni mi ginecólogo ni el neonatólogo, eran 6:55 de la mañana. Me pusieron una sonda para orinar (es lo más incómodo). Cuando llegó mi ginecólogo, casi lloro le pedí que cuidara a mi bebé, como siempre, me dijo, "No te preocupes". Llegó  el Neonatólogo, me lo presentaron, fué chistoso por que estaba amarrada, dopada, asustada y lo único que dije fué “Hola”. Al final entró mi esposo al quirófano, después de mucho insistir. Después de un buen jaloneo finalmente mi hijo nació, y lloró muy fuerte –Sandra,  ¿ya oíste a tu bebé? ¡¡Si!! Contesté como pude.

Limpiaron a mi bebé y ví al neonatólogo, un gigante que sostenía su pequeño cuerpecito y que decía -Hola mamá!! Se me olvidó todo. Sólo pude ver su carita con sus ojitos bien abiertos, el Dr. me acercó a mi bebé para que le diera un besito. Mi hijito arrugó la naricita abrió más sus ojitos, soltó un berrido y abrió sus ojitos aún más. Yo lloré y lloré y le dí gracias a Dios por permitirme tenerlo. Enseguida lo metieron a una incubadora y mi esposo se tomó muy literal eso de seguirle y salió corriendo detrás de la incubadora.
Cuando luchaba en contra del caudal de hormonas que me inundaba, contra el inenarrable dolor de tener que dejar a mi pedacito de bebé en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) sólo me preguntaba si esto tendría fin, si mi bebé sobreviviría, si la vida continuaría y no entendía por que tenía que pasar por todo esto. Al final y después de 57 días en UCIN, regresamos a casa con nuestro bebé en brazos, lentamente retomamos la vida. Muchas cosas cambiaron, rutinas, malos hábitos y otros buenos que se transformaron en verdaderas pruebas de resistencia.
Han pasado ya 4 años de esta experiencia, en este momento estamos horneando el pastel de cumpleaños, leí en un blog que cuando empezamos a quejarnos de las travesuras de nuestros hijos significa que ya somos “mamás normales” y que ellos están bien de salud. El día feliz que está llegando es hoy, y ya me quejo de lo travieso que resulta mu hijo, de lo preguntón que se ha vuelto. Y agradezco a Dios.
Vos Sabés, como te deseaba, cuanto te esperaba, no si Vos Sabés...

No hay comentarios:

Publicar un comentario